21 Abril 2009 - 11:26 pm¡Viva el Progreso!

Los mayoritarios asambleístas del Partido de la Liberación Dominicana, que no se agotan de esgrimir su mayoría y también su apertura hacia el futuro, acaban de demostrar que su apego al Progreso, es sólo una pose de abrazo a los rieles poco rentables de un Metro que les sirvió de locomotora en una campaña electoral muy poco original.

La mayoría de los legisladores peledeístas demostraron este martes que de legisladores tienen muy poco y de progresistas tienen menos. Sólo espero que algún día la historia se les pare frente a frente, y les pida cuentas por no haber sabido reconocer la oportunidad de romper esquemas para sentar un precedente que únicamente podía redundar a favor de las mujeres dominicanas.

La aprobación del polémico artículo 30 de la propuesta de texto constitucional enviado a la Asamblea Nacional Revisora por el presidente Leonel Fernández, le pone la losa de la Constitución a un error de visión y a una injusticia garrafal que quedó condenada en la frase de que “el derecho a la vida es inviolable desde la concepción hasta la muerte”.

Con esos términos, la brújula no se remite hacia adelante, sino que marcha en retroceso, porque esa disposición, incluida, por esa sesgada votación, en la Carta Magna que nos regirá, es incluso aún más caduca que el texto constitucional vigente.

Y van estas líneas a los peledeístas, porque son mayoría, y porque muchos de ellos y ellas, en su fuero interno, comparten la posición contraria a la que votaron.

No debería gastar ni espacio ni tiempo en la posición de los reformistas, que amparados por la gastada sombrilla del balaguerismo, sólo sacan las cuentas que les convienen, sin pensar que sus decisiones ya no representan a nadie, ni siquiera a ellos mismos, que no saben ni lo que quieren, fuera del poder y los privilegios y el dinero que éste trae consigo.

Con los perredeístas, que siempre se envuelven en el manto de la social democracia, nada es válido, más allá de lo que ellos entiendan que puede aportarles votos a sus maltrechos candidatos en las contiendas presidenciales. En su afán por granjearse los afectos de una Iglesia que no los quiere para nada, acaban de traicionar las esperanzas de una gran parte de ese pueblo, que ellos se precian tanto de encarnar, y al que dicen parecerse, pero en un espejo distorsionado y oportunista.

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20 Abril 2009 - 9:37 pmDel “aborto” y otros demonios…

Nunca he estado a favor de las interrupciones de embarazo, o los mal llamados abortos, término que usan quienes quieren cubrir de una pátina tétrica y negativa este ejercicio del derecho de la mujer a tener sus hijos cuando considere necesario. Nunca le aconsejaría a nadie que pase por esa experiencia, a la que en una ocasión estuve obligada a recurrir en una etapa demasiado temprana de mi vida en la que un embarazo no hubiera sido un acto de responsabilidad, sino todo lo contrario.

Pero, por encima de todo, reconozco el derecho que tenemos las mujeres a gobernar sobre nuestro cuerpo y a tomar decisiones, difíciles sí, pero muy nuestras, basadas en ese libre albedrío que el propio Dios nos dio, según la Biblia, pero que la Iglesia ahora nos niega, amparada en una guerra de consignas, para lograr por vía de las leyes, lo que no puede conseguir a través de la presión moral de sus enseñanzas.

Creo en Dios, y creo que Él les ha concedido la mayoría de edad a sus hijos-nosotros, los humanos- para decidir por nosotros mismos. Pienso que si cada cual, aferrado a sus principios religiosos lleva hasta su casa la ética de considerar la vida desde la propia concepción, pues esos preceptos deben reinar en su morada, y en la de los otros que piensen de igual manera.

Sin embargo, esa forma de pensar no debe ser impuesta por las leyes del hombre, que no de Dios, para incluso aquellos que han dispuesto vivir bajo otros conceptos filosóficos.

El debate no es meramente si los “abortos” pudieran ser terapéuticos o en casos de extremos sociales, como la comisión de incesto o una violación. Tampoco se debe limitar a la escasa calidad de vida que se le concedería a un feto genéticamente malformado.

No, la discusión va más allá, y concierne a los derechos básicos de las mujeres en una sociedad de hombres y para hombres, aunque no lo son tanto aquellos que por un lado portan micrófonos y estandartes a favor de una vida que no les interesa en lo más mínimo, mientras que por otro van regando su semilla, sin reparar en los frutos.

Porque el “aborto”, más que una cuestión moral o filosófica, se ha convertido en un asunto de escala social. A él, de manera profesional y segura, tienen acceso, las señoras y las amantes “honorables” que pueden pagarlo en las clínicas privadas más caras, o quizás, por qué no, en Miami, Nueva York o Boston; mientras que para las mujeres sin dinero, lo que queda es abultar las estadísticas de los nacimientos, si no quiere caer en la trampa de una operación peligrosa sin las mínimas garantías médicas. ¡Vaya suerte!

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