A un año de mis miedos

por el 23/05/17 at 9:59 pm

Ha pasado cerca de un año de mi último escrito en estas páginas, y casi todos mis temores, que hace tantos meses parecían una alocada distopía, han devenido en aplastante realidad.

En Estados Unidos, el 20 de enero pasado se sentó por primera vez el señor Donald Trump tras el “Resolute Desk” del Despacho Oval en la Casa Blanca, como el cuadragésimo quinto presidente de esa gran nación norteamericana.

Y en Europa, el terrorismo está aplanando las voluntades de aquellos ciudanos mejor dispuestos a recibir a los inmigrantes, dejando un campo propicio para el crecimiento de la mala hierba del odio, el racismo y la xenofobia.

Pero la verdad sea dicha, ¿se puede dejar de entender a los británicos y a los franceces, hasta el momento las dos naciones más golpeadas por las hordas bestiales de los terroristas del llamado Estado Islámico o EI?

Ya hace algunos años que no piso tierra del Viejo Continente, y quizás no lo haga por otro tiempo más, pero si de algo estoy segura es que mis entrañas se retuercen sólo de pensar en abordar un avión e ir de turista a intentar contemplar tranquilamente la Torre Eiffel o el Arco de Triunfo, en París, o la Abadía de Westminter o el Big Ben en Londres. ¿Tengo miedo? Sí lo tengo.

Y entiendo perfectamente cómo se deben sentir los residentes en esas ciudades europeas que se han tornado campos de batalla entre civiles indefensos y esos falsos combatientes del Islam, una fe, que, de amorosa y obediente a Dios, la han convertido en vengativa y sembradora de odio y muerte.

También sé que no todos los musulmanes -ni siquiera la mayoría- son tan adoradores de la sangre y la tragedia, aunque las víctimas las pongan los países que los terroristas llaman infieles.

Por eso, mal que me pese, tengo que coincidir con el Presidente Donald Trump -qué amargo me sabe hasta escribir estas palabras- cuando dice que son los propios musulmanes los que tienen que dar la primera batalla ante aquellos que disfrazados del Islam, ahora son mensajeros de la muerte.

De ahí que me extraña cuando el propio Trump y otros líderes del mundo occidental continúan facilitándole el camino al Ejército Islámico, contribuyendo al derrocamiento del aún presidente legítimo de Siria, Bashir Al Assad, en un país, que a mis ojos constituye la última barrera ante el Califato de la Muerte o el reino del EI. Como si no fueran suficientes las secuelas de aventuras semejantes que acabaron con los gobiernos de Saddam Hussein, y Moammar El Kaddaffi.

Muchos traerán a colación la oscura historia de esos regímenes, que, aunque no lo quieran reconocer garantizaban el precario balance que mantenía la correlación de fuerzas en el Medio Oriente.

Ahora, ¿quién garantiza qué? Todos estamos a bordo de este gran trasatlántico llamado Tierra, que navega a duras penas por un mar proceloso y siniestro. Ya la amenaza de la muerte mutua garantizada, que contuvo a las potencias de la Guerra Fría, ha pasado a ser la posibilidad atemorizante y cotidiana de una bomba que puede estallar en cualquier esquina, en cualquier vehículo, en cualquier maleta o en cualquier persona.

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